martes, 12 de octubre de 2010

NO HEMOS AVANZADO NADA. MUCHO ANTES DEL PROFESOR ABADIA


Siempre ha habido en la historia gentes dedicadas aumentar lo más posible sus riquezas, pero es lo cierto que la experiencia había eneseñado a los más, que sólo en un número de ocasiones relativamente pequeño era posible hacerse rico. Por eso acontecía hasta fines del siglo XVIII, que la mayor parte de los hombres vivían libres de una especial tendencia a enriquecerse, derivando su capacidad a tareas que les proporcionaban un tipo de satisfacciones distinto a ese de ir acumulando y concentrando capital. Ocurría además, naturalmente, que estaban, por decirlo así, cegadas, poco a la vista, las posibilidades de hacer riqueza. Era cosa reducida eso que hoy llamamos "los negocios". Las fortunas existentes tenían carácter feudal, y las familias poseedoras de ellas, pertenecientes en general a la nobleza, estaban muy lejos de entregar su dinero a especuladores financieros de ninguna clase. De otra parte, los gremios, las sociedades gremiales, eran formas económicas casi estáticas, de muy leve inclinación a la aventura.

La aparición del maquinismo tuvo como primera consecuencia cambiar absolutamente el panorama. los hombres dispusieron de medios numerosos de enriquecerse con rapidez. La cosa era bioen sencilla. Se había realizado el hallazgo de unos seres, las máquinas, que producían cosas solicitadísimas por las gentes, en condiciones de costo tentadoras.

Al descubrimiento de los medios mecánicos de producir mercancías, sucedió el descubrimiento de los medios de transportarlas a todas partes haciéndolas llegar a los centros de consumo con toda comodidad y en el mínimo de tiempo. El resultado económico era espléndido. Todos podían orientarseen pos del dorado industrial y comercial, recién aparecido. Había sitio para todos los que iban llegando porque, aparte de que el mundo consumía vorazmente todos los productos, había también la posibilidad, gracias a los progresos técnicos y al ingenio distribuidor, de vencer a los fabricantes rivales, arrebatándoles los mercados cuando llegase un peligro de agotamiento, mediante el uso de maquinaria más perfecta, racionalización más eficaz de la producción y organización más eficaz, asimismo, de los transportes.

En tal situación, parecía prácticamente imposible que llegara a detenerse el proceso industrial, porque siempre podían ser vencidas las dificultades, bien mediante la conquista de mercados nuevos, bien mediante el uso de máquinas más perfectas y más rápidas.

No nos interesa aquí ahora sino señalar, en un par de párrafos, las consecuencias inmediatas del frenesí creciente de producir, que se apoderó del sector humano en cuyo poder se encontraba el aparato industrial. Surgieron industrias nuevas a millares, se renovaba a cada momento su utillaje, introduciendo reformas que tendían siempre a producir más y más en menos tiempo. A medida, naturalmente, que avanzaba la técnica industrial, era preciso disponer de medios financieros más poderosos para montar las grandes fábricas, pues de un lado la maquinaria se hacía más cara por su misma complejidad y perfección, y de otro, se imponía la organización vertical de la producción, para ir superando las condiciones de costo y ganando batallas a la libre concurrencia.

Los grandes beneficios obtenidos por los industriales pasaron a ser utilizados, en forma de capital financiero, por las nuevas empresas a que obligaba el desarrollo de la producción, la amplificación de las antiguas y la adquisición de utillaje necesario, cada día más costoso. El capital financiero disponible resultaba insuficiente, y entonces se incrementaron las grandes sociedades anónimas, las instituciones bancarias, que recogían los ahorros y las disponibilidades financieras procedentes de las numerosísimas fortunas privadas, tanto de las hechas y surgidas en el proceso mismo de la industrialización, como de las antiguas fortunas estáticas, vinculadas a la tierra.

Todo entró y se puso entonces al servicio de la producción mundial. Se incrementó cada día el ideal de enriquecerse. Los negocios nuevos y la ampliación considerable de los antiguos, siguieron necesitando medios financieros fabulosos. Estos eran obtenidos mediante las formas más varias de la especulación y el manejo del crédito. Sólo alcanzando éxitos inagotables y continuos, es decir, produciendo más y en mejores condiciones cada día, podía realmente irse sosteniendo el formidable aparato especulativo que gravitaba sobre la red de la producción mundial.

Un régimen económico así, de producción indefinida, y a base de ir aprisionando con el grillete maquinístico cada día más las condiciones financieras y humanas en que la producción se efectúa, encierra contradicciones tremendas. Pues en el momento en que apareciese, para una gran industria, el más leve indicio de crisis, un descenso obligado en la producción, se encontraría con que, habiendo preparado sus condiciones para lo contrario, es decir, para incrementar aún más su rendimiento, una disminución echaría por tierra sus propias bases de existencia. La gran industria resulta, así, que no es libre para regular la producción.

Pues hace, por ejemplo, cincuenta años, si en cualquier rama industrial ocurría que se precisaba disminuir en un veinte por ciento su ritmo de producción, ello era tarea factible sin trastornos graves, retirando un número mayor o menor de obreros, que al minuto pasaba a ocupar otro puesto en otra actividad, o en otra industria diferente. Pero hoy, tal fenómeno adquiere inmediatas proporciones de catástrofe. En primer lugar, porque esos obreros despedidos no tienen dónde trabajar de nuevo, y en segundo, porque se proyectaría sobre la vida económica un peligro aún más hondo, con ser el del paro angustioso en extremo: el peligro de dejar paradas las máquinas. Esto, el paro de la gran maquinaria, del costosísimo utillaje de la gran industria, supone un percance de tal magnitud, que hunde verticalmente el mecanismo económico entero. No se olvide que el capitalismo propiamente dicho es, en rigor, eso: la posesión de máquinas. Si éstas se paran, la ruina es inmediata y absoluta, porque su eneorm valor, habiendo sido en la mayor parte de las grandes explotaciones adquiridas a crédito, lo es sólo en función de producción permanente.

Pero el capital financiero, con su fluidez caracterísitca, está y aparece ligado a los sectores más varios de la producción industrial, y ello de un modo simultáneo, es decir, mediante interferencias que le hacen sumamente sensible a cualquier crisis, sea cual sea la zona donde surjan. Con las acciones de una gran empresa se financia otra distinta; con el crédito y el volumen financiero de una se crea la de más allá, y todo este tejido llega al ahorro y a los pequeños capitales por mediación de las instituciones bancarias y el incremento de la especualción bolsística.

La economía del gran capitalismo -propiedad mecanizada y de crédito- se sustenta, pues, en una unidad rígida, en cuya base existen contradicciones sumamente peligrosas. Las economías privadas, los grandes y los pqueños negocios, las riquezas particulares, viven así a expensas de la realidad más frágil.

En la culminación del ideal del enriquecimiento, está ese panorama. Al adoptarlo los hombres como norte, y al iniciar la ascensión hacia su logro de un modo individual, liberal, cada uno con su propio problema, su economía y sus sueños, la consecuencia es que todos pronto aparezcan ligados, pendientes de los mismos peligros y jugando a la misma carta. Paradójicamente, pues, la mentalidad liberal-burguesa, que inició una etapa de vigorización económica individualista, en la que "cada uno" buscaba, mediante la libre concurrencia, forjar su propia riqueza, termina, en cambio, en un sistema económico cerrado, donde un entretejodo sumamente complejo, une en un solo organismo las riquezas todas de todos.


RAMIRO LEDESMA RAMOS. Discurso a las juventudes de España. Capítulo VII- El ideal del enriquecimiento progresivo

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